Crisis y oportunidad

Mi amiga Elisa y yo trabajamos juntas desde hace más de un año. En los últimos meses, hubo entre nosotras una conversación recurrente a la hora de almuerzo o cuando parábamos a servirnos un café. “¿Te acuerdas de esa amiga que te conté, la que era amiga de mi prima?, bueno, ayer le avisaron que solo hasta fin de mes trabajaba”, me contaba. “Oye, te cuento que me llamaron los chicos de mi anterior trabajo y han sacado a tres del equipo”, le contaba yo luego.

Hace unas semanas, ella salió de una reunión con nuestra jefa, y estaba blanca como un papel. “Acompáñame a comprar”, me dijo. En el camino me contaría que le habían dicho que se veían obligados a prescindir de sus servicios, pues la empresa tenía cada vez menos pedidos y había que recortar personal. Yo traté de consolarla y le conté que hacía unos días había escuchado a un experto decir que toda crisis era una oportunidad. “¡Bah!”, me dijo, “¿oportunidad para quedarme desempleada?”.

Elisa, que se sentaba al frente mío, estuvo dos días en shock. La veía mirar su pantalla pero sabía que estaba pensando en otra cosa.

Al tercer día, llegó con otro semblante. “Listo”, me dijo, “a ponerse las pilas”. Yo, que conversaba mucho con ella, ví todo el proceso por el que pasó. Primero le pidió a varios amigos que le pasara su CV para verlos y enriquecer el suyo. Luego de varias horas en Google, elaboró una lista de empresas de reclutamiento on line donde podía ingresar su CV. Al día siguiente fue más allá: llegó con una lista de las empresas en las que le gustaría trabajar y abrió sus páginas para ingresar su CV. Esa tarde la escuché llamar a varios conocidos a comentarles que estaba buscando un cambio y que si sabían de algo, que le avisaran.

El lunes siguiente llegó entusiasmada. “Estuve conversando el fin de semana con unos amigos y me han propuesto formar una empresita, ¿te acuerdas que siempre te dije que tenía ganas de poner una?, voy a sacar cuentas con mis ahorros y mi liquidación y pensármelo bien”, me dijo.

Solo pasaron un par de días para que llegara la primera llamada. Querían entrevistarla para un puesto, y, aunque el rubro de la empresa no le agradaba, aceptó la entrevista para ver qué le ofrecían y compartir sus propias expectativas. Sin embargo, tres días después la llamaron de una multinacional. Uno de los amigos a los que había llamado dio su nombre en esa empresa y le pidieron entrevistarla ese mismo día. Se zambulló durante una hora y media en la página web de la empresa para informarse y luego corrió a su casa a cambiarse. Pasó esa entrevista y las otras dos que siguieron en las dos semanas siguientes, y justo un día antes de dejar la empresa, le confirmaron que había sido seleccionada para el puesto. El sueldo y el cargo eran mayores de los que había percibido hasta entonces. Con su liquidación ha decidido complementar sus conocimientos estudiando una maestría.

Elisa seguramente se hubiera quedado varios años más trabajando conmigo, ganando lo mismo y haciendo un trabajo que ya conocía, pero la crisis le dio una oportunidad: la de preguntarse dónde quería trabajar, la de cuestionarse cuáles eran sus perspectivas de vida y qué estaba haciendo para conseguirlas, la de plantearse formar un negocio propio, o la de seguir siendo dependiente, pero capacitarse más para ser mejor.

La crisis económica nos trae a nosotros mismos pequeñas crisis personales, que nos obligan a exigirnos más en algunos casos, para mantener nuestro trabajo, pero también a replantearnos lo que queremos en otros. Nos da la oportunidad de mirar más allá de lo que habíamos estado mirando.

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Luego lo delego

“Lo hago yo porque a mí me va a salir mejor”.  “Prefiero no darle ese trabajo porque es importante y quiero llevarme el crédito”. “Mejor lo hago yo, ¿total?, lo termino en un ratito, si le pido que lo haga tendría que demorarme mucho en explicarle”. “Le tocaría hacerlo a él, pero me da miedo que no lo haga bien”.

¿Alguna de estas frases suena conocida? Seguro que sí. Uno de los errores más comunes que vemos en los centros de trabajo es no saber delegar las tareas, ya sea por temor a que la otra persona no lo haga bien, por “falta de tiempo” para explicar y hacer seguimiento o por desconfianza a que sea el otro el que termine llevándose los laureles.

Aunque los temores son entendibles, las consecuencias de no delegar no son nada positivas: no solo la persona se llena de tareas que no puede cumplir en su horario habitual, sino que el resto del equipo no aprende, y se crea un círculo vicioso.

Aprender a delegar no es fácil, pero sí necesario, y si bien no hay un manual para hacerlo, acá te damos algunas ideas que pueden facilitar tu propio aprendizaje.

La primera tiene que ver con la responsabilidad. El temor tan grande que existe para delegar tiene que ver con que lo que se delega es solamente la tarea, pero la responsabilidad sigue estando en nosotros. Sin embargo, es importante ver que, no hay razón para pensar que la persona a la que se delega la tarea no la va a asumir con la misma seriedad con la que nosotros mismos la asumimos, y, por lo tanto, va a hacer realmente su mayor esfuerzo. Pongamos real responsabilidad en el resto, hagámosles sentirse importantes, démosles nuevos retos. Además de enseñarles nuevas tareas que más adelante podrán hacer con facilidad, estamos motivándolos en su propio trabajo.

La segunda tiene que ver con el error. Dejemos que se equivoque. Veamos el error como un proceso de aprendizaje, pensemos que nosotros también nos hemos equivocado. No le tengamos miedo. Cuando cometa errores, démonos un tiempo para permitir que entienda qué ha hecho mal, de manera que a la próxima vez esté alerta. No se trata de reñir ni poner malas caras. Siéntese con él y pregúntele: ¿Qué podrías haber hecho distinto?, ¿cómo lo harías la próxima vez?, ¿en qué te basaste para tomar esa decisión?, ¿cómo podrías cambiar esto para que la próxima vez no te suceda?

 

La tercera tiene que ver con el seguimiento. No podemos delegar una tarea y esperar que nos la entreguen perfecta una semana después. Al momento redelegar la tarea, es bueno acordar una fecha y hora para sentarse a revisar lo avanzado, qué dificultades está encontrando la persona y qué otras cosas podría hacer para enriquecer su trabajo. En este punto es importante recordarle cuál es su objetivo final, la meta a conseguir.

Finalmente, es muy importante no olvidar el reconocimiento. Una vez terminada la tarea, si se alcanzó el objetivo final, no hay que olvidar que, así como a nosotros nos complace escuchar al menos un breve “buen trabajo”, para el resto es también valioso.

Delegar nos alivia nuestra propia carga de trabajo, fortalece el trabajo de equipo, ayuda al resto a aprender y crecer profesionalmente y permite que todos nos sintamos más motivados.

 

Se trata de trabajar mejor, no más

wTodavía son muchas las empresas en las que persiste la cultura de que “el que se queda más horas en la oficina es el mejor trabajador”, y empleados que salen de la oficina a las 10 de la noche, llegan a su casa solo para ver a toda su familia dormida, y al día siguiente salir nuevamente a las 7 am. Rumbo al trabajo.

Este “método” para valorizar el trabajo de los empleados es cada vez más despreciado en los países primermundistas, donde luego de una serie de exámenes e investigaciones, se ha determinado que el trabajador que tiene un balance de vida-trabajo más equilibrado es el que está más motivado y tiene la mejor disposición para esforzarse y ser creativo.

En el Perú, suelen ser las grandes multinacionales las que, por adopción de las políticas de su matriz extranjera, impulsan a sus trabajadores a laborar solo las horas establecidas por ley y hasta les dan la facilidad para que puedan mover su hora de entrada y salida de acuerdo a sus preferencias. En otras empresas, los trabajadores suelen trabajar más de 50 horas a la semana, ir los sábados a pesar de que no corresponda en el contrato o llevarse folders de folders con trabajo a la casa.

Sin embargo, vale mirar un poco más allá del problema y preguntarse: ¿es realmente “la empresa” la que impone que esto suceda?, ¿no corresponde realmente al líder de un equipo la definición de este tipo de políticas?

Hace unos años me ofrecieron un trabajo que me atraía mucho. Yo había escuchado que en esa empresa la gente comenzaba a irse de la oficina a las 8 pm, pero me parecía algo tan común que ni siquiera lo cuestioné. En mi primer día de trabajo, un lunes, me llevé una sorpresa: a las 6:30 pm. uno de los chicos de mi equipo apaga su computadora, agarra sus cosas y con una sonrisa dice “hasta mañana”. Yo pensé “bueno, tendrá algo especial que hacer, habrá pedido permiso”, pero minutos después escuché la misma frase, y el que se despedía era nada menos que el jefe. Cuando, a las 7:20 pm. Los últimos dos chicos del equipo preparaban sus cosas para irse, yo apagué mi computadora y me fui con ellos, y caminando hacia la calle no pude evitar preguntarles. “Es cuestión de hacer las cosas rápido, sin distracciones y no tenemos porqué quedarnos más tarde”, me explicaron. Entre sorprendida y curiosa, aproveché, unos días después, en una conversación a solas con mi nuevo jefe para preguntarle sobre la política de horarios en la empresa. “No sé los otros equipos, pero yo creo que es cuestión de hacer las cosas rápido, sin distracciones y no tenemos porqué quedarnos más tarde”, me respondió. Nunca nos demoramos más que el resto de equipos en entregar resultados y nunca nuestros resultados fueron menos buenos que los de ellos. Ese año, además –mi primer año en la empresa- fuimos premiados como “el mejor equipo”.

¿De quién depende, entonces, que los empleados puedan tener una vida balanceada? ¿No sucede a veces que el mismo trabajador cree, para sí mismo, que él es un mejor trabajador por estar más horas en la oficina?, ¿no sucede que se la pasa diciendo, con suspiros, “anoche salí de acá a las 11 de la noche”, o que llega el lunes a decir que está cansadísimo porque se la pasó terminando tal informe o tal estudio en su casa el fin de semana?. ¿Qué pasa si ese trabajador que aplica para sí mismo esa valoración es también un líder?, probablemente va a esperar de su equipo que hagan y digan lo mismo que él.

Comencemos, entonces, por nosotros mismos. Comencemos a convencernos de que nos merecemos una vida además de un trabajo, y que nuestras cualidades se demuestran con resultados y no con la hora a la que uno marca tarjeta. Una vez convencidos, tratemos de aplicarlo con nuestro equipo y con nuestros pares.

 

El líder del futuro

Ya no basta con ser inteligente y trabajador, pues todo el mundo es inteligente y trabajador. ¿Cómo hacer para ser más atractivo para las empresas en estos tiempos de crisis?

  

Nuestra vocación profesional es una de las variables que más debemos tener en cuenta a la hora de pensar en ideas para mejorar. Y es que en nuestro trabajo pasamos la mayor cantidad de horas del día, es la fuente de nuestros recursos económicos, pero más importante aun, es también fuente de satisfacción o insatisfacción de muchos que se sienten que han triunfado o también fracasado según sea el caso. Es por ello que conviene estar siempre atentos de cómo trabajar mejor, como ser más productivos. De ello dependerán nuestros ascensos, nuestra línea de carrera y en algunos casos nuestro nivel de recompensa personal y económico.

 

Trabajo en una compañía de selección de personal y continuamente nos toca reclutar y escoger a los mejores. Les hemos preguntado a nuestros clientes actualmente, con crisis incluida, cuál es el perfil de los candidatos que buscan. Y la sorpresa fue grande. Y es que hace pocos años el perfil que se pedía era completamente distinto al de ahora. Antes bastaba con terminar en una universidad o instituto de cierto prestigio y tener experiencia, que sea medianamente inteligente y trabajador. Al poco tiempo, se exigía también además un post grado llámese Maestría o especialización en algún campo en especial y que sea un experto en el tema que manejará. Pero resulta que ahora, ya hay muchos que cumplen con ese perfil, y las empresas se han vuelto más exquisitas para reclutar personal. El factor crucial para tomar la decisión de contratación ya no será su formación académica o su experiencia sino sus capacidades relaciones.

 

¿Qué se exige en los profesionales hoy en día?

Que el profesional tenga habilidades o competencias y valores. En cuanto a las competencias, las hay de muchos tipos, pero para efectos prácticos las clasificaré en dos, las personales y las sociales. Dentro de las personales están incluidas el orden, pero no el orden para tener el escritorio ordenado, sino el orden mental para priorizar las cosas en tu vida, a qué le da uno mayor importancia, saber cuando hacer primero lo importante y cuando lo urgente, cuando adaptarse a la realidad (muy útil en tiempos de crisis). Otra de las competencias es la capacidad de las personas para tomar decisiones, saber negociar, liderazgo y pensamiento estratégico (ver el panorama completo, a mediano y largo plazo). Los exitosos lo son porque no sólo están en “el aquí” y “el ahora”. Están pacientemente dando pasos firmes en la dirección correcta.

 

En relación a las competencias sociales, las más importantes son la red de contactos que hayamos tejido, la capacidad para manejar eficazmente conflictos, trabajo en equipo e inteligencia emocional (capacidad para conocer tus emociones, desarrollarlas y controlarlas y conocer las de tu interlocutor, entenderlas y actuar en consecuencia). La relación con los demás es muy importante, ya sea con compañeros de trabajo, subordinados o jefes. Se debe tener la capacidad para generar empatía con los demás a pesar de problemas internos. Muchas veces se tiende a pensar que el jefe tiene que tratar como capataces al equipo que tiene a cargo para imponer respeto. Nada más falso. Un jefe que dice que es el jefe es una mala señal, implica que el liderazgo en ese jefe ya está por los suelos. Debe ser capaz de gestionar la impopularidad de decisiones correctas pero a veces difíciles de tomar. Debe utilizar un liderazgo sustentado en la intuición y creatividad.

 

Por otro lado están también los valores. Deben ser personas íntegras, de una sola pieza, que hagan las cosas bien a la primera, con una vocación de excelencia muy marcada. Apasionados por su trabajo. Que no trabajen por trabajar, sino que ese trabajo trascienda, tenga motivos más allá de ganar dinero.

 

Otro de los valores principales que debe tener es la humildad, valor que maneja bien el fracaso y maneja bien el éxito. Humildad para pasar la página del éxito con rapidez y de igual forma, en tiempos de crisis, tener la automotivación para ver oportunidades. Cuando cometen errores, aprenden de ellos, alzan el vuelo y siguen caminando. Y cuando parece que les van bien las cosas no se lo creen demasiado. El torpe es el que cree que nunca se equivoca. El inteligente es el que se da cuenta cuando se equivoca, pero más inteligente cuando lo corrige, y más aun cuando pide disculpas. No se “comparan con”, sino que “quieren aprender de”.

 

También buscan gente optimista, sobre todo en estos tiempos en los que la mayoría se lamenta de la crisis. Es ahora cuando hay que ver el vaso medio lleno. Normalmente este tipo de gente tiene muy buen humor. El humor es el que te evita caer en la desesperanza. El humor realmente te salva de la depresión. No se trata de contar chistes, sino de tener la capacidad de reirse de si mismo, de no creerse superman, de reconocer que es capaz de todos los errores y los horrores posibles, porque interiorizando eso, estarán alertas para no cometerlos.

 

Cuantos gerentasos hay que se creen superman, sólo porque tienen el poder, el estatus, pero no la credibilidad, la influencia, el “plus” de influencia del liderazgo, otra de las competencias imprescindibles de los ejecutivos de hoy. El liderazgo tiene que ver con gente que se rodea de gente competente, influye sobre sus colaboradores pero también sabe estar en soledad. El drama del hombre moderno es que no sabe estar solo, y necesitamos mucho tiempo solos para auto examinarnos, auto conocernos todos los días al final del día, saber que hicimos bien, que hicimos mal y que pudimos haber hecho mejor. El liderazgo es también el liderazgo de un ama de casa modesta, el liderazgo de un maestro que te hace perder el miedo a las matemáticas, el liderazgo de un médico en su consulta, que no sale en los periódicos pero que son ejercicios de influencia sobre el ser humano.

 

Se busca también una persona que tenga claras sus prioridades y metas en la vida. Que tenga un plan de vida definido. Si bien es cierto dicen que el hombre propone y Dios dispone. Sin embargo, nos encontramos a veces con gente que tiene planificada al milímetro su vida, y cualquier giro lo hace angustiarse demasiado. Por el contrario, otros van por donde se los lleve el viento. Miguel de Unamuno decía: “Nada de plan previo, que no eres edificio. No hace el plan a la vida, sino que ésta la traza viviendo. No te creas más, ni menos, ni igual que otro cualquiera, que no somos los hombres cantidades. Cada cual es único e irrepetible, en serlo a conciencia pon tu principal empeño.”

 

En el fondo, creo que es muy importante tener un Norte, un plan de vida definido, pero a la vez tener la flexibilidad para adaptarse a los tiempos. ¿Por ejemplo, quién se iba a imaginar hace un año que el mundo estaría como está hoy en día sumido en la peor crisis financiera en más de 70 años? Ayudará bastante que el hoy lo aprovechemos el máximo. Hay una corriente muy fuerte de aprovechamiento del tiempo, que le llaman “Time Management”. En la medida que aproveches al máximo tu tiempo hoy, te estarás asegurando el éxito del mañana. Ten en cuenta que los días perdidos no vuelven, y al final del trayecto los echaremos de menos. Con esto no quiero decir que se esté priorizando que cada día se trabaje más. Hay que trabajar bien, y mucho, y cuando hay que romperse el lomo hay que hacerlo, pero que no se confunda cantidad de horas de presencia física en el trabajo (algunas intrascendentes o dedicas al chisme) con tiempo de calidad, lealtad y compromiso, recurso carísimo en este país. Hay que aprovechar el tiempo también con aquellos que también necesitan de nosotros.

 

Conclusiones

Antes que profesional soy esposo, hijo, amigo y todas esas dimensiones de mi personalidad se ven sacrificadas si no trabajo de un modo más riguroso y eficiente. Al final, todo está relacionado, si soy mejor profesional, seré capaz de adquirir habilidades y competencias que me ayudarán a atender mejor otras dimensiones religión, familia, amigos, deporte, etc.

 

¿En qué debo enfocarme? Ya lo decía Santiago Álvarez de Mon, uno de los principales profesores IESE de España, actualmente considerada como una de las tres escuelas de negocios más prestigiosas del mundo, en una reciente entrevista que le hicieron. “Que mi mente hiperactiva escuche los recados de mi cuerpo, prematuramente avejentado. Que no me tome mi trabajo tan en serio, que la persona que soy gobierne con mano firme al personaje que represento. Que quien quiera que soy se dé cuenta de que estoy de paso, que aprenda a reírme de mí mismo, la última y gran asignatura que sólo los sabios aprueban con nota. Captar y sentir la corriente del río humano, atraer y gobernar el talento de mi empresa, conocer y educar a mis hijos, mantener una relación amable conmigo mismo, renovando mi equipaje intelectual, emocional y espiritual, son tareas cruciales que, pese a su naturaleza y jerarquía, un día sí y otro también son arrinconadas en la vorágine de días clonados en serie.”

 

Es decir, en estos tiempos hay que enfocarnos en ser profesionales exitosos, pero en mi vida las palabras éxito y fracaso tienen mucho más que ver con mi futuro como persona y el de mi familia, su bienestar y felicidad, que con mis logros y consecuciones profesionales.

 

No dejemos que estos tiempos de crisis y el desarrollo de nuestra carrera profesional nos puedan desmoronar. No hablo de falta de ambición y de impasibilidad, obviamente me ilusiona mucho encontrar en el trabajo fuentes de desarrollo personal, y que éstas estén ligadas a mi remuneración. Si el futuro laboralmente hablando sigue mejorando como estoy seguro que será (y que me costará muchísimo esfuerzo para que sea así), intentaré responder a la confianza depositada en mi, y si no, no es ninguna tragedia, no se va a derrumbar mi mundo personal.

 

Alma de negociante

Alguna vez dijimos en este Blog que la búsqueda de trabajo es, en sí, un trabajo, y que al participar en un proceso de selección, no importa la profesión que uno tenga, debe sacar sus habilidades de marketero, psicólogo, estadista, vendedor y muchos otros oficios para conseguir éxito. Esta vez hablaremos de una de esas facetas: la de negociador.

Así seas arquitecto, visitador médico o periodista, en una entrevista de trabajo deberás cerrar un trato y tratar condiciones y para eso, también debes estar preparado. Como buen negociador, tienes que tener una estrategia, identificar qué tan bien has vendido tu producto, saber hasta dónde estás dispuesto a aceptar y evaluar lo que te ofrecen en conjunto, no como algo aislado. Solo así podrás obtener lo que más te convenga a ti, desde todo punto de vista.

 

Primero, lo primero. Antes siquiera de acudir a la entrevista, debes tener claro cuánto te gustaría ganar, cuánto más necesitarían ofrecerte para que dejes tu trabajo y hasta cuánto es lo mínimo que aceptarías. Todo esto dependerá, en parte, de las condiciones laborales en las que te encuentres, pero también debes tener en cuenta tu propio valor en el mercado y el esfuerzo o exposición que te demande el trabajo que se te ofrece. Esto quiere decir que aunque no tengas trabajo o nazca de ti cambiarte de trabajo, no tienes por qué valorizarte por debajo de los talentos o la experiencia que tú sabes que tienes. Evalúa entre la gente que tiene puestos similares a los que tú has tenido, o estudios parecidos, el nivel de sueldos al que acceden y considérate en esa línea. Aceptar algo por debajo, por más desesperado que estés, podrá traerte la satisfacción momentánea de haber conseguido trabajo, pero a los pocos meses comenzarás a sentirte frustrado.

 

Ahora, ¿cuándo es un buen momento para hablar de dinero? Nunca saques desde el comienzo el tema del dinero. No olvides que esto es una negociación y que lo primero que tienes que hacer es ofrecer las bonanzas y beneficios de tu “producto”, que lo conozcan, que se entusiasmen, ¡que ellos mismos se den cuenta de cuánto vale!

Uno tiene que imaginarse que está en un mercado, y que, por un lado, encontrará vendedores que le describan el producto, le permitan probarlo, le cuenten dónde fue hecho y con qué material y recién entonces uno, ya interesado, preguntará ¿cuánto cuesta? Por otro lado, habrá vendedores que gritarán “tres por diez soles” como si el precio fuera el único atributo con el que puede vender el producto. Nosotros queremos ser de los primeros, no de los segundos.

Aunque en la entrevista no se haya hablado de sueldos, desenvuélvete asumiendo que es un puesto prometedor, y saca siempre lo mejor de ti, asegúrate de que les estás mostrando lo mejor del producto.

Una vez que ellos pongan el tema sobre el tapete, y que te pregunten tus expectativas salariales tu estrategia puede ser o dar un rango (estoy dispuesto a ganar entre tanto y tanto) o decir cuánto ganas actualmente o has ganado en tu último trabajo, y señalar que te gustaría ganas tanto porciento más. Recuerda dejar siempre claro si estás hablando de cifras en bruto o en neto.

 

Al momento de escuchar la oferta, no olvides que no solo debes tener en cuenta el salario neto que recibirás, sino todos los otros beneficios cuantificables como bonos, utilidades, seguros, capacitación, facilidades, etc. Todo esto conformará el paquete de lo que tú, trabajador, recibirás de la empresa y tiene que ser atractivo y motivador para ti.

Finalmente, si necesitas tiempo para pensarlo, consultarlo y compararlo, pídelo. Una decisión tan importante no debe ser tomada a la ligera.

Año nuevo, vida laboral nueva!

Junto a las uvas, el brindis de las 12 y el ritual de las maletas, los peruanos solemos aprovechar el año nuevo para mirar por un momento el año que pasó y evaluarlo, y  hacer luego nuestra lista de deseos para el siguiente año.

Entre nuestros deseos, seguramente más de uno estará relacionado con el trabajo. “Que me den un aumento”, pedirán algunos, “conseguir un nuevo trabajo”, pedirán otros. Los más radicales pedirán que boten a su jefe, o al chismoso del piso 3. Lo cierto es que todos estos deseos, que uno pide para que se cumplan como por arte de magia, pueden entenderse también como metas. Si lo que uno quiere es cambiar de trabajo, o cambiar de jefe u obtener un aumento de sueldo, hay que tomarse un momento para sentarse a identificar lo que desea y buscarla manera de hacerlo, y qué mejor momento que en Año Nuevo.

Tómate un momento para sentarte y evaluar primero qué tan contento estás en tu trabajo. Sirve de mucho agarrar lápiz y papel y escribir tu evaluación, no solo porque te aclaras, sino también porque puedes tener esa lista como referencia para más adelante, conforme vayas ejecutando tu “plan de acción”.

Pregúntate cuáles son las cosas que hacen que no estés 100% satisfecho en tu trabajo y escríbelas. Vuelve a leerlas e identifica cuáles de esas estás en capacidad de cambiar, y escribe a su lado qué tendrías que hacer para cambiarlas. Si lo que quieres, por ejemplo, es un aumento de sueldo, identifica qué podrías hacer para obtenerlo.

Una vez hecho esto estarás preparado para identificar si lo que quieres es un cambio de trabajo o si, realmente tu trabajo te gusta, pero hay cosas que te gustaría cambiar para hacerlo mejor.

La segunda parte tiene que ver ya con una autoevaluación. Tómate un momento para mirarte con los ojos de tu jefe y evalúate a ti mismo como trabajador. Identifica tus virtudes y tus fallas, y, cuando lo hagas, trata de observar a qué se deben estas fallas. Si identificas, por ejemplo, que te falta rapidez, piensa porqué te sucede eso, a qué se debe, y escribe, entonces, qué debes hacer para cambiarlo. Así tendrás tu pequeña lista de “propósitos laborales” para el 2009.

Siempre es bueno parar un momento y reevaluar su vida laboral. Al fin y al cabo, el trabajo es una actividad a la que le dedicamos alrededor del 50% de nuestras horas de vigilia en la vida, y merece ser un espacio que disfrutemos y nos traiga satisfacciones.

Entonces tómate un tiempo, escribe y verás cómo en el papel todo es más claro. Ahora dite a ti mismo Feliz Año Nuevo, sabiendo que este año tú eliges la vida laboral que vas a tener.

 

 

Llevarse bien con el Jefe

jefe_psicopata“Oye, me han dicho que el nuevo jefe estuvo varios años en el departamento de Compras y lo cambiaron a Administración porque se llevaba pésimo con el equipo. Además, Ana, de Sistemas me comentó que de 37 años no pasa, ¡imagínate!… ¡Ah!, y Julián, el de tesorería, dice que hay rumores de que su divorcio fue medio escandaloso, así que debe ser un resentido”.

Lamentablemente, la elección de quién será nuestro jefe no depende de nosotros, y muchas son las veces en que el nombre seleccionado podrá generarnos inquietudes. Lo complicado es que apenas ese nombre se anuncia al equipo, los chismes, habladurías, rumores y, sobre todo, opiniones, saltan como maíz en una olla caliente. Tu opción es o sumarte a los rumores y fomentar un “frente de ataque” contra el nuevo jefe, o eliminar los prejuicios hacia él, decidir formarte tu propia opinión y evitar el enfrentamiento.

 

¿Quién gana y quién pierde?

Lo primero que tienes que darte cuenta es que él YA ES tu nuevo jefe, que esa ha sido una decisión tomada y que, ponerte en contra de esta nueva realidad solo va a perjudicarte a ti, y al avance del equipo, porque los obligará, al nuevo jefe y al equipo, a gastar energías en tratar de llevarse bien antes que en acomodarse como equipo.

Aquí, algunas de las ideas más comunes cuando entra una persona a liderar un equipo.

 

“Seguramente va a querer meter a su gente”

Es lo más normal que una persona quiera trabajar con alguien que sea de su confianza o que él considere un buen trabajador, efectivo y que lo ayude a conseguir sus metas, pero ¿sabes qué?, ese buen trabajador no tiene por qué estar fuera del equipo asignado. El nuevo jefe llegará a conocer a su equipo, y, evidentemente si lo que encuentra es una serie de personas que le hacen la guerra, le ponen mala cara y tratan de enseñarle cómo hacer su trabajo, buscará insertar a los de su confianza. Y allí, querido lector, el único que pierde va a ser el que terminará saliendo para que entre alguien de su confianza. La tarea, entonces, es demostrarle al nuevo jefe que son el equipo que él necesita, contarle sobre sus logros y que vea que son capaces de adaptarse a este nuevo reto.

 

“Nosotros tenemos nuestra manera de trabajar, él quiere venir y cambiar las cosas”

Incorrecto: él no quiere “venir y cambiar las cosas”; como sea que hayan sido las circunstancias de su ingreso, el nuevo jefe sentirá que su función es obtener buenos resultados para la empresa, y tratará de hacerlo como él cree que es mejor. Esto no es una mala actitud de él, ni un ensañamiento con el equipo, es simplemente su manera de trabajar, y, te damos una noticia: es normal que busque hacer cambios. El equipo tiene que entender que este es un proceso de adaptación mutua, y que los cambios en la manera de trabajar a veces pueden traer buenos resultados.

 

“No voy a ser un franelero”

Tienes razón, no tienes porqué serlo. No te estamos recomendando que trates de “convencerlo” de nada, ni de ser su nuevo preferido, eso incluso sería contraproducente para la relación. Lo único que tienes que hacer es tratar de hacer bien su trabajo y demostrarle que eres capaz de responder de una manera amable. No pierdas de vista que, en un equipo, todos son eslabones de una sola cadena, y que cada uno tiene que cumplir su trabajo para que esta funcione.

 

“Me cae mal, es antipático”

¿Y quién ha dicho que todas las personas tienen que caerte bien. Es tu jefe, no un compañero de salidas, y su función no es caerte simpático. Además, recuerda que también es una situación de estrés para él y probablemente no esté del mejor humor del mundo.

 

“Es un inepto. No puedo trabajar con alguien que sabe menos que yo”

Ese es uno de los pensamientos más comunes y es muy importante que te deshagas de él, pues si comienzas a rebuscar cada defecto y cada cosa que sabe y no sabe, te enredarás tú solo en un nudo del que nadie podrá sacarte. Es cierto que puede ser que muchas veces un jefe no sepa cosas que tú sí sabes, pero ese no tiene porqué ser un pecado. No por ser un jefe, además, está en la obligación de saberlo todo o de ser un experto en todo, él también está entrando a una función nueva a la que tendrá que adaptarse.

 

“¡Es menor que yo!”

Otro prejuicio que hay que quitarse. Un jefe menor, al contrario de lo que se piensa, puede aportar ideas frescas, conocimientos nuevos y renovación en el uso de ciertos métodos o tecnologías que el equipo no conoce. ¿No busca uno siempre renovarse?, ¿no busca tener pequeñas nuevas metas?, tómalo como eso. Evita usar frases como “cuando yo tenía tu edad…” o “es que tú eres jóven…” y aprende, por ejemplo, a usar los mensajes de texto en el celular u otro método de comunicación que requiera. Eso te servirá a ti y permitirá al equipo trabajar alineado.

 

“Tiene tales y tales defectos”

Claro que los tiene. No olvides que es una persona, y va a tener defectos, tal y como tú los tienes, y en la vida, hay que acomodarse y aceptarse, con todo y defectos.